¿Existe peligro al enterrar cadáveres de víctimas de COVID-19 cerca a poblaciones?

Conozca, paso a paso, el procedimiento completo que se le da al cuerpo de fallecido por coronavirus, para garantizar cero posibilidad de contagio, una vez bajo tierra.

Escribe: Renato Arana Conde / Conexión Vida

Lima, Perú.- El 14 de abril, el cadáver de un hombre de 54 años de edad tuvo que esperar hasta 38 horas para ser enterrado en un cementerio de Ferreñafe, Chiclayo. La población se opuso al saber que fue una víctima del coronavirus. El muerto podría contaminar la zona, era su razonamiento. Tuvo que intervenir la policía y el ejército para imponer orden y permitir entierro.

A lo largo de estas semanas, la misma situación se ha repetido en Tumbes, Huancavelica, Junín y hasta en el sur de Lima.

¿Existe la posibilidad de que el cadáver de un infectado por el coronavirus que sea enterrado ponga en peligro a la población cercana al camposanto? La Directiva Sanitaria N° 087 -2020-digesa/minsa indica que para casos de coronavirus, tanto la cremación como el entierro del cuerpo son válidos y seguros.

Para entenderlo mejor, la doctora Sonia Indacochea, presidenta de la Sociedad Peruana de Medicina Interna, explica a Conexión Vida, con base en la directiva sanitaria del Ministerio de Salud, cada paso que se da con el cadáver de una persona infectada con coronavirus:

• Una vez fallecido el paciente, se envuelve su cadáver con la sábana sobre la que reposaba en vida.
• Se introduce el cuerpo en una bolsa con cierre hermético. Si la bolsa carece de cierre se le sella con cinta adhesiva para evitar la salida de cualquier secreción que expulse el cadáver.
• Se rocía la bolsa con lejía para eliminar al virus de cualquier secreción que pudo filtrarse.
Hasta este punto, tanto el enfermero como el personal mortuorio son los encargados del proceso, siempre equipados con lentes de protección, mascarilla N-95, gorra, mandilón, overol, y sobre todo, guantes.
Los guantes son la principal pieza de protección en esta primera etapa, explica Indacochea, porque a estas alturas el cadáver no contagia por medio del habla, la respiración, el estornudo o la acción de toser; pero sí lo haría mediante las secreciones corporales que pueden entrar en contacto con el trabajador, de no usar guantes, al manipular el cuerpo.
Veamos qué sucede luego:
• Tras sellar el cuerpo en la bolsa, se le deposita en un ataúd de madera el cual no se puede abrir por ninguna razón. Se procederá entonces al entierro.
• El cajón es puesto en una fosa y pasa a ser tapado por un metro y medio de tierra. Así, se confina totalmente al virus que aún permanece activo dentro del cadáver.

“Pero, como el virus no tiene sistema locomotor, no se puede mover solo. Así que no hay manera de que el virus, que aún queda dentro del cadáver, se escape del ataúd porque este está confinado, primero por una bolsa, luego por la capa de lejía, el ataúd ¡y finalmente por el metro y medio de tierra! Así podría enterrarse en cualquier cementerio”, remarca la doctora Indacochea.

Recuerda que, si bien al inicio la directiva sanitaria solo permitía la cremación como único proceso para manejar los cuerpos de infectados, esto se debió a se trataba de un virus apenas conocido y era mejor asegurarse con la incineración. Luego se permitió el entierro, pues se sabe que el virus dentro del cadáver no se “muere” de inmediato pero dentro de un ataúd y bajo tierra se va extinguiendo en días.

“No tenemos que tener cuidado de los muertos, pues no movilización secreciones; sino de los vivos que andan por la calle tosiendo, no usan mascarillas, no guardan la distancia de dos metros entre personas y que cogen las cosas sin lavarse las manos. Si de alguien hay que cuidarse es de los vivos y no de los muertos”, reflexiona Indacochea.

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